Por Diana Duque Gómez
El combate por el mundo libre convoca a crear conciencia y actitud crítica activa para romper los hábitos de pensamiento, los prejuicios, las ficciones y las aberraciones de unas ideas viciosas que colocan al Estado como el gran dios y que debilitan al individuo haciéndolo sumiso y manejable.
La cultura dominante creada e impuesta históricamente por la sinarquía, elite expoliadora dueña de los monopolios, las grandes corporaciones y el Estado, el cual es su gran invento sojuzgador, ha despojado paulatinamente al ser humano de su independencia y soberanía a través del mito mesiánico del Estado, que ha reducido al individuo a una “masa abúlica y desarmada de la que sólo se espera obediencia” (1).
La divulgación en el mundo occidental del falaz postulado de Maquiavelo de la maldad constitutiva de la naturaleza humana -esto es el diagnóstico ridículo del hombre como naturaleza corrupta, “precursora de la anarquía moral y social”-, se ha impuesto como eslogan manipulador para concluir convenientemente que de ese ser humano se puede esperar cualquier cosa, lo que conlleva, siempre siguiendo a Maquiavelo, a atribuirle al Estado “su idoneidad para contener la maldad”, justificación perversa de la existencia inexorable del Estado, es decir, de la dominación ineludible de un grupo de hombres que mediante el monopolio de la violencia y la exacción impondrán el “orden burocrático y homogeneizador” con el propósito embaucador de evitar el caos y la disolución de la sociedad.
Estos clichés en contra de la dignidad y la libertad individual no solamente son una visión mentirosa de los hechos, sino que son un hábito mental que ha causado innumerables perjuicios y que reforzados con la promoción académica de la falacia en contra del mercado y de la libre competencia hacen creer que la concentración de la riqueza, la pobreza, la falta de oportunidades para poner en acción la creatividad son producto del liberalismo, desconociendo verdades tan elementales como que “los monopolios no surgen por una tendencia innata del mercado, sino por la intromisión del Estado en contra del mercado libre”, como bien lo señala Ludwig von Mises. De esta manera el ser humano es adoctrinado para que abdique de sus propios derechos, olvide sus potencialidades y se convierta en esa masa alienada que lo lleva a esperar todo del Estado.
Esta concepción liberticida es sostenida por todos los partidos de “izquierda” y de “derecha” que, a pesar del fracaso del estatismo, continúan clamando por el fortalecimiento y la expansión de las actividades del Estado como coartada demagógica para llevar a cabo la “igualdad y la justicia social”. Pero lo que muestran las evidencias es que la intervención del Estado ha producido el monopolio o asignación de la riqueza para la elite sinárquica y ha arrastrado al ser humano hacia sistemas cada vez más totalitarios.
En oposición radical a este dogma nefando promotor del estatismo existe la cosmovisión liberal libertaria, depositaria de la corriente humanista que concibe la naturaleza humana como una potencialidad innata hacia la libertad individual, la bondad, la belleza y la ayuda mutua (2), que tiene como criterio esencial de valor ético el bienestar y la felicidad del hombre y que percibe la vida como un campo de posibilidades infinitas en cambio constante y evolutivo, generando un orden que sucede por sí mismo, un orden espontáneo. Desde este punto de vista las sociedades verdaderamente libres son el fruto de las acciones espontáneas de los hombres. Como escribe Ortega, “orden no es una presión que desde fuera se ejerce sobre la sociedad, sino un equilibrio que se suscita en su interior”(3).
El orden espontáneo propicia el logro de los diversos y enriquecedores proyectos de millones de seres humanos sin sujetarlos a los planes uniformadores de la cultura sinárquica. En consecuencia, el orden espontáneo del mercado basado, por su índole, en el respeto a la libertad económica, a la propiedad privada no monopolista y a la información veraz y oportuna, garantiza la libertad individual. Explica Friedrich Hayek, Premio Nóbel de Economía, que “la disposición espontánea de millones de decisiones y de informaciones conduce, no al desorden sino a un orden superior… Nadie puede saber cómo planificar el desarrollo económico, porque no conocemos verdaderamente los mecanismos de éste; el mercado pone en juego decisiones tan numerosas que ninguna calculadora, por potente que sea, podría registrarlas. En consecuencia creer que el poder político (el Estado) es capaz de sustituir al mercado es un absurdo”. Concluye Hayek afirmando que la superioridad histórica y científica del liberalismo reside en “la superioridad del orden espontáneo sobre el orden por decreto”(4).
Desde esta perspectiva, la democracia -supuestamente un sistema de gobierno donde se respeta y promueve la libertad individual- ha sido la mayor superchería histórica utilizada por los sinarcas de todos los matices para imponer de manera universal y por vía electorera el poder del Estado. Así, la libertad individual se quema en la hoguera de la democracia y en el omnipresente poder subyugador del Estado. Como lo han denunciado pensadores libertarios como el español Negro Pavón, el Estado con todos sus calificativos, democrático, benefactor, socialdemócrata, comunitario, social, comunista, etc., encierra realmente “un totalitarismo encubierto que obliga a la sociedad 'a vivir para el Estado'… produciendo necesariamente corrupción y caos”(5). Sin duda, el Estado es la más grave amenaza y el mayor peligro para la libertad individual y ha de considerársele, como afirma Hayek, “contrario al mantenimiento de la civilización”(6).
Hoy la situación de la libertad individual en Colombia es dramática. Las medidas económicas del primer gobierno sinárquico de Uribe Vélez han llevado a un cercenamiento pavoroso de la libertad económica y por tanto de la libertad individual. Así lo constata el gran deterioro en los Índices de Libertad Económica, donde Colombia pasa de ocupar el puesto 68 en el 2001 a ocupar el puesto 83 en el 2004, el puesto 88 en el 2005 y, por último, en el 2006 el puesto 109 registrándose de esta manera en el cuatrienio uribista una impresionante caída de 41 puestos, colocando al país en la categoría de países mayormente controlados. En el año 2005 Colombia quedó entre los 10 peores del mundo en cuanto a competencia empresarial (7). En este período crítico se han vuelto endémicos el narcotráfico, las mafias de todo tipo y la corrupción y se ha afianzado la guerra irregular liberticida sostenida por la “izquierda”.
Publicado originalmente en Diario de América (EEUU)