Por Ricardo Santiago Katz
Sus recreaciones del cosmos, su extensa nómina de científicos y sus inmensos fondos financieros, convierten al Museo Americano de Historia Natural de Nueva York en uno de los grandes centros de investigación del mundo.
Desde su fundación en 1869, los investigadores del Museo Americano de Historia Natural de Nueva York, organizan un promedio de más de 100 expediciones anuales por los cinco continentes, los que facilita la labor científica y la adquisición de nuevas joyas naturales que incrementan el ya riquísimo catálogo patrimonial de esta veterana institución neoyorquina.
Hace unos años atrás, uno de sus equipos, en colaboración con estudiosos de otros organismos americanos, encontró en las regiones montañosas de Guatemala una roca de jade azul de gran tamaño cuya antigüedad se remonta a la época de esplendor de los Olmecas.
Además del valor intrínseco de la joya, el hallazgo fue importante porque la ubicación geográfica del jade sugiere que aquella antigua civilización pudo haber extendido su influencia mucho más allá de México.
Otras expediciones anteriores también contribuyeron al estudio de las culturas precolombinas. Por ejemplo, la que dirigió en 1890 el explorador y etnógrafo Carl Lumboltz a la cordillera de Sierra Madre en el noroeste del país mexicano.
Las frenéticas danzas y los trepidantes ritmos de tambor de los rituales vudú sonaron durante semanas en el mismo corazón de Manhattan. La arriesgada apuesta del equipo directivo del Museo fue todo un éxito. Su objetivo era organizar una espectacular exhibición con música y recreaciones reales que mostrara al público cómo son las culturas tradicionales y el sincretismo religioso de Haití.
También fue un verdadero éxito de visitantes una demostración del genoma humano que permitía a la gente deambular entre gigantescas réplicas de ADN. Lo mismo ocurrió con otra exposición de mariposas que mostraba centenares de ejemplares vivos aleteando en este legendario edificio victoriano, situado junto al Central Park.
Sin duda, sus originales muestras, la calidad de sus dioramas de animales y homínidos, y su reconocido prestigio en los ámbitos científicos, han convertido a este museo en una de las instituciones académicas de primer orden en el mundo y en uno de los centros neurálgicos de la vida social y cultural de la Gran Manzana.
Para los dinomaníacos, la colección de fósiles que atesora es tan valiosa como un Rembrandt o un Velásquez. De hecho, algunos de los famosos paleontólogos del Museo de Historia Natural son tan admirados como Leonardo da Vinci.
Luego de las primeras excursiones que se realizaron al África y que alimentaron su patrimonio con espectaculares mamíferos y fósiles de homínidos, el museo patrocinó en 1928 una misión científica a Venezuela que dirigió George Tate.
Su exhaustivo trabajo en la enmarañada selva que rodea el río Orinoco dio como fruto el descubrimiento de una extraña meseta de 47 kilómetros de largo por 32 de ancho que albergaba una abundante variedad de insectos, reptiles y aves.
Por supuesto, los ejemplares más raros y vistosos también pasaron a engrosar las colecciones de este santuario científico, cuyas puertas se abren anualmente a 6.500.000 visitantes del mundo.
El Museo de Historia Natural de Manhattan fue una de las entidades pioneras en el uso de técnicas fotográficas en misiones científicas. Cabe reseñar la que se llevó a cabo entre 1897 y 1902 en el Pacífico Norte para localizar los rastros de los primeros americanos.
Durante varios años, los etnógrafos tomaron más de tres mil placas fotográficas que proporcionaron un valioso legado documental sobre las culturas de la zona a través de sus mitos, canciones y herramientas de trabajo.
Sin duda, el éxito del museo radica en su continua modernización. Por esa razón, en su afán de potenciar su divulgación científica, el museo convocó a los mejores expertos en tecnología virtual para que elaborasen una escenificación del Big Bang.
Sus recreaciones del cosmos, su extensa nómina de científicos y sus inmensos fondos financieros, convierten al Museo Americano de Historia Natural de Nueva York en uno de los grandes centros de investigación del mundo.
(*) Escritor, licenciado en Ciencias de la Educación.
Publicado originalmente en Agencia Nova (Argentina)