Muchas veces, el partido en el poder proyecta sobre la ciencia sus obsesiones ideológicas en cuanto tiene la menor oportunidad. En EEUU, la superpotencia científica por excelencia, las cosas no funcionan afortunadamente de esta forma.
Gane Barak Obama o John McCain, no se esperan cambios drásticos: ambos apoyan la ciencia, a la que consideran orgullosamente una bandera de su país (aquí podríamos tomar nota). En una ocasión, un investigador español me comentó que nadie en los centros Nacionales de la Salud (NIH, en inglés), que dedica 28.000 millones de dólares de fondos públicos al año a la investigación biomédica cada año, tendría que tener un miedo razonable a que un republicano o un demócrata acceda a la presidencia, puesto que eso no va a suponer una catástrofe en la política continuista de apostar por la investigación.
Durante una campaña electoral ciertamente larga y apasionante que hoy finaliza los dos candidatos a la presidencia de EE UU se han centrado fundamentalmente en debatir cuestiones económicas. Eso no quiere decir que, en lo que se refiera a la ciencia, Obama y McCain no tengan diferencias. Una cosa parece bastante clara: la política federal en cuanto a la investigación del medio ambiente en Norteamérica será distinta en los siguientes cuatro años que en los últimos ocho.
Al ostracismo de la administración Bush le han salido grietas en los últimos momentos de su mandato. De considerar el CO2 como un residuo no contaminante por constituir un índice económico de progreso (éste último punto de vista es cierto, dada nuestra dependencia actual absoluta de los combustibles fósiles), a admitir el papel del hombre en el cambio climático, discurre un trecho muy largo. Esta marcha atrás del presidente saliente Bush nos advierte, de acuerdo con un informe de la revista Nature, del cambio más sustancial que ocurrirá en EE UU: la primera regulación de las emisiones de CO2 por parte del primer emisor de este gas ?con China disputándole ya el primer puesto.
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