Para la revista Science de esta semana, la investigación sobre el envejecimiento encuentra en estos momentos la luz al final del túnel, después de veinte años de trabajos en múltiples direcciones.
En este tiempo se ha avanzado mucho respecto a determinar las causas del envejecimiento. Por un lado, los genetistas han identificado a los telómeros, estructuras moleculares que protegen los bordes de los cromosomas e impiden al ADN degenerar. Por otro lado, los biólogos han identificado el proceso de oxidación de las células.
Pero no se sabe todavía qué elementos llevan a los telómeros a degradarse con la edad y si realmente se puede impedir la oxidación celular. Diversas investigaciones han comprobado que alimentando menos a gusanos y ratones se hacen más resistentes al estrés, lo que aumenta su expectativa de vida.
Esto es así porque el nivel de glucosa y de un factor de crecimiento similar a la insulina disminuyen en los animales que comen menos, lo que debilita el crecimiento de los cánceres y la degeneración biológica.
También en el humano
Este conocimiento es aplicable al ser humano, no tanto condicionando su alimentación durante sus primeros 75 años de vida, sino desarrollando medicamentos que regulen los niveles de glucosa y del factor de crecimiento.
Respecto a la investigación genética, se sabe que la activación o desactivación de algunos genes desempeña un papel fundamental en el envejecimiento. El oxígeno desempeña también un papel importante en este proceso de degradación, pero al estar asociado a la respiración y consumo de oxígeno, no se sabe cómo evitar su incidencia en el envejecimiento.
La cuestión del envejecimiento, sin embargo, no se limita a la biología o la genética, sino que representa también un dilema social y ético, porque lo que no queda claro de momento es qué persiguen estas investigaciones, si detener el envejecimiento o alcanzar pura y simplemente la inmortalidad física a partir de los avances científicos de los próximos años.
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